La Semana Santa castellana, ¿otra historia?
Tras casi cuarenta años disfrutando de la semana santa porcunera (y como mucho de retazos de la granadina), me decidí a ir al Norte a buscar otros pareceres, otros colores, otros sentimientos, otra forma de celebrar esta época, estos misterios, más allá de las vírgenes bailaoras del sur, de la continua copia que aquí hacemos de la semana santa sevillana porque la creemos el modelo de una buena semana santa, ya sea en la manera de llevar las cofradías, en la manera de portar las imágenes o en las marchas de las agrupaciones musicales. Hay vida más allá, y de siempre hemos visto la magnífica Semana Santa castellana en la televisión (sobre todo en La 2), por lo que, ¿a quién no le gusta poder conocer otras culturas aunque no dejen de ser parecidas a la tuya?
Y ahí que tiramos para las castellanas Zamora, Palencia, Valladolid y León (nombrar a esta última en esta frase es jugarse la vida si estás allí, pero se trata solo de una especie de chiste para picar, pues todos sabemos que algún día Castilla será Castilla y León será León, sin que el engendro autonómico de la comunidad de Castilla y León siga dando urticaria a tantos), sin olvidar pasar por lugares estratégicos como La Bañeza, Tordesillas, Astorga o Ponferrada, y durmiendo por primera vez en la provincia vallisoletana.
Antes de llegar, lo que esperaba ver era una falta completa y absoluta de folklore, de vírgenes bailando mientras las bandas interpretan unas sevillanas, de Cristos con el baile de San Vito que les tocan las palmas, de músicos soltando el tambor ahí en mitad o hablando entre ellos, de público comentando los últimos chismes del barrio o la última ocurrencia del "Enbapé" ese, sí, la palabra con la que más habitualmente se define a la Semana Santa castellana es: sobriedad, pero como tantas cosas en la vida, ¿vas a dejar que te lo cuenten?, ¿vas a permitir que la idea que tú tienes de algo es la que otros han formado en tu cabeza? Nada de eso, pasen, vean y luego ya opinen, que es gratis. Vayamos paso a paso:
El viaje Sur a Norte por España a base de peinar las tierras andaluzas y castellanas recorriendo sus autovías se ha convertido en un ejercicio de supervivencia en territorio minado, donde salvar las ruedas de una evidente hecatombe se convierte en una tarea digna del mejor Carlos Sainz. Le echarán la culpa a las lluvias o a cualquier tema ajeno al ministro de transportes o fomento de turno, pero la culpa es de los encargados, de quién va a ser. Luego está el atasco continuo de los que bajan de Madrid, donde cada sustillo provoca kilómetros de retenciones, y poco a poco, pasando por el Alto del León para evitar pagar en Guadarrama y los pueblos llamados "Muñoz", como sufijo, prefijo o complemento, nos plantamos en Tordesillas, pueblo de Juana la Loca y el tratado divisor del mundo, y también de la leche rizada de Baonza, la procesión de niños preparando la procesión pasando por la plaza central, los dulces amarguillos de clara y la nueva hostelería española dirigida por sudamericanos con ganas de trabajar que regentan locales de toda la vida con las recetas de toda la vida, como esas monjas mozambiqueñas que siguen haciendo la misma repostería del siglo XV en el mismo convento de un país extraño para que los sabores y la tradición no cambien, aunque las manos sí.
Procesión improvisada en TordesillasDespués, primer contacto con la Semana Santa, con la parada en Valladolid, previa pasada por el estadio del Pucela donde la gente sale rumiando una nueva derrota que amenaza con mandar al equipo a tercera categoría. Valladolid con su plaza mayor y sus calles con soportales, la gente hablando de pasos, de procesiones (que aquí lo son, a diferencia de Andalucía donde son estaciones, no procesiones), las iglesias abiertas con sus amarrados a la columna, descendimientos, rezos en el huerto, los nazarenos llevando el paso por fuera y la gente más o menos callada y respetando, en silencio, y los militares rondando. Finalmente, la llegada al pueblo del rollo jurisdiccional más impresionante de España, Villalón, con su penetrante olor cárnico a matadero (que exactamente no sé lo que era pero a ratos era nauseabundo).
Rollo jurisdiccional de Villalón de Campos
Al día siguiente a Villafranca del Bierzo con su impresionante Colegiata y su decaída procesión de Domingo de Ramos, procesión de las palmas sin olivos ni palmas, pero con ramas de laurel, cada uno lo que tiene, y con una borriquilla a ruedas, producto seguramente de una tierra sin gente suficiente para portarla a hombros. Después, una vuelta por el monasterio de Carracedo, quemado como siempre por los destructores franceses (que ninguna lástima habrían de causar por el eventual incendio de Notre Dame o cualquier otro de sus monumentos) y horadado por la desamortización que lo dejó a pique de su desaparición, y con el término "cillerero" como palabra nueva en nuestro diccionario, siendo este el monje encargado de la administración del monasterio, justo por debajo del mandamás abad. Finalmente, el día terminó visitando el Exin Castillo de Ponferrada y viendo en la distancia el mamotreto-edificio-megalomaníaco tapando su preciosa sierra (un día hablamos de los engendros que pululan por nuestras ciudades disfrazados de edificios modernos, afeándolas, rompiendo sus paisajes y haciéndolas menos singulares y más iguales todas), disfrutando sus tejados de pizarra, sus torres del reloj y degustando la magnífica "limonada" antisemita (porque beberla la llaman "matar judíos"), y para matar también el tiempo visitando el museo de la radio de Luis del Olmo, saboreando un trocito de nuestra historia y disfrutando con momentos icónicos o divirtiéndonos con las ocurrencias de Eugenio o Tip y Coll.
Domingo de Ramos en Villafranca del BierzoLos trayectos resultan un entramado de caminos que van y vienen por Castilla, llegándose al mismo sitio por decenas de variantes, todas con rectas largas, longanizas con subibajas que nunca acaban y que a veces parecen trasladarte a páramos inhóspitos como sin duda lo son, pues pueblo a pueblo, suman muchos pueblos y pocos habitantes en realidad. Así, este viaje es un viaje de repaso, pues en él volvemos a visitar lugares que ya vimos, recuperando algunos para los que no tuvimos tiempo en su momento. Aparte, se puede considerar un "repaso estacional", porque incluye cosas que dependen de la época del año en la que se visita, como en este caso es la Semana Santa.
El lunes, día más relajado de los viajes al soler haber muchos sitios cerrados por vacaciones, empezó visitando otro rollo también muy grande en Mayorga, aunque no gótico, claro, y luego la vieja Medina de Rioseco, cuna de mi tía-tatarabuela-tatarabuela Manuela Deglamón, donde pudimos ver las antiquísimas imágenes de su Semana Santa tanto en la impresionante por fuera Iglesia de Santa María, como en la más sobria por fuera pero con retablo magnífico por dentro Iglesia de Santiago. También allí está la dársena del Canal de Castilla y la historia de sus navegantes, y esa leyenda del cocodrilo del río sequillo vencido con la estrategema del espejo. Después, un vistazo al castillo de Urueña, y ya hasta Zamora, lugar donde pasear kilómetros y kilómetros la calle hasta su catedral y donde hasta 3 horas antes esperaba la gente sentada en el recorrido de la procesión, cascando y con música, a la vez que la gente estaba de tardeo, incluso los propios costaleros poniéndose finos, nada más cerca de lo que pasa en Andalucía.
Imágenes en la Iglesia de Santa María de Medina de RiosecoIglesia de Santiago en Medina de Rioseco
Lunes Santo en Zamora
El Martes Santo comenzó en La Bañeza, ciudad con mucha actividad y bullicio comercial, donde pasamos un rato impregnándonos de la quietud y la inspiración del museo de la poesía, que alberga el fondo de Antonio Colinas, teniendo la suerte de conocer al propio autor, uno de los imprescindibles en la poesía española del siglo XX, prolífico como pocos, viajero, traductor y aún con mucho que decir. En el libro de las 1000 mejores poesías castellanas ocupa el penúltimo lugar, en esa cronológica y magnífica compilación, lo que muestra a las claras su importancia. Como detalle de la ciudad, aún conserva una cruz de los caídos en la Iglesia principal, como ocurre en Porcuna. Después, cocido maragato pendiente de repetir hace años, aunque segundas partes nunca fueron buenas como la primera, y por la tarde a León, donde el tardeo de limonadas de nazarenos y porteadores era de nuevo evidente, donde en las procesiones los tambores y mantillas hacían corrillos como en Andalucía, y donde los nazarenos más jóvenes iban dando la mano con sus guantes a los pequeños que veían la procesión en la calle. También tuvimos tiempo de ver por dentro la Casa Botines, obra de Gaudí, y los pasos delante de la majestuosa catedral.
El poeta Antonio ColinasCruz de los caídos en La Bañeza
Martes Santo en León
Finalmente llegó el Miércoles Santo, con la visita a Sahagún, lugar de paso del camino de Santiago y a Grajal de Campos, situado al lado y sin camino, habitantes ni peregrinos (aunque en teoría con un ramal del mismo), pero con palacio, iglesia y castillo que visitar pero sin visitantes apenas. Suerte que llegamos a la única media hora exacta en la que puedes ver algo. Después, camino de Palencia visita a la vetusta basílica de San Juan de Baños mandada hacer por Recesvinto, con las historias de sus coronas visigodas, y finalmente Palencia, con su catedral "vaciada" de la que nunca se acuerda nadie, y su exageradamente larga calle mayor, parriba y pabajo. Después, esperar la salida de 6 pasos a la vez de la iglesia de Nuestra Señora de la Calle, con nazarenos y bandas de 6 colores y sus estandartes de via crucis. Curioso, pero como aquí, y como en todos lados, la gente de allí cree que sus paisanos son paletos y para echar de comer aparte, que no tienen modales, y que cuando se valla todo hay gnete que se salta el perímetro y se pone en mitad o cruza por medio, calcado a lo que veríamos aquí. Como curiosidad, el saludo entre estandartes.
Castillo de Grajal de Campos
Miércoles Santo Palencia (salida iglesia Ntra.Sra. de la Calle)
Y ya de vuelta, con unas gigantes tapas en la plaza mayor de Ocaña y con bastantes dulces consumidos en estos días, volvemos a encontrarnos de vuelta con un atasco kilométrico impresionante, con carreteras muy venidas a menos llenas de parches, y finalmente, el cartel de Andalucía y Jaén justo antes del primer túnel de Despeñaperros, y sí, ya estamos en casa... Y sí, la Semana Santa castellana, no tiene nada que envidiar a la nuestra, pero tampoco una diferencia grande entre ambas, visto por nuestros propios ojos que es lo que cuenta.












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