Un gesto a preservar, que vale más que mil palabras
Dicen que una imagen, un gesto, un guiño, una mirada, valen más que mil palabras… Lo valen. ¿Quién quiere ver el futuro, si no dejamos que esas pequeñas cosas existan y fluyan, como serpientes intempestivas e invisibles a los ojos de los que se dejan llevar por el estrés inútil de hoy?
Paseaba yo por la calle, metido en el maremágnum de gente, en la impersonalidad de la multitud que va y viene sin preocuparse por el prójimo. Paseaba yo sin dar apenas crédito al violinista, al tañedor de acordeón y al falso pobre, escritor con vocabulario raído e incorrecto para dar pena. Paseaba sumido en mis propios pensamientos de difícil recuerdo, quizá no tan importantes. Fue entonces cuando surgió de entre toda esa parafernalia de sonidos, luces, colores y caras, esa imagen, ese gesto, ese guiño que cada vez que lo veo me recuerda que nunca debe perderse, y que ésa y no otra es la forma de actuar:
Una joven rubia, no mucho mayor de 20 años, sale de la tienda donde trabaja portando una pequeña cajeta, que deja junto al contenedor de basura; hasta ahí nada fuera de lo común, probablemente todas las tardes hace lo mismo, todas las tardes realiza el mismo gesto, el mismo ritual antes de cerrar la tienda, ese océano azucarado de colores, sabores, olores y texturas donde trabaja. En ese momento, cuando se dispone a desandar los 3 metros hasta la puerta de la tienda, un caballero se va a cruzar en su camino. En teoría, el caballero debía pasar antes porque estaba más cerca del punto de cruce, pero es ahí donde se activó cierta neurona de su cerebro que le decía que debía dejar pasar a la niña. El caballero se detuvo, miró a la chica y esta comprendió que la dejaba pasar y pasó… Dijo gracias y continuó hasta la tienda, y el caballero, seguro feliz por su buena acción y segregando cierta hormona que le hacía estar a gusto consigo mismo, también siguió su camino más o menos largo sin importar probablemente si el segundo perdido con la chica haya sido más o menos decisivo en la realización de sus planes futuros.
Una vez la chica entró en la tienda, fue cuando yo pasé al lado y la miré por curiosidad: era rubia, de estatura media y bastante guapa, sonreía y estaba ligeramente ruborizada. Realmente se sentía bien por aquella acción de ese caballero. Quizá duraría sólo segundos, minutos u horas; pero gracias a aquel gesto de galantería, caballerosidad o llamémoslo como queramos, ella fue feliz por un momento y también segregó esa misma hormona que le hacía estar en armonía con el mundo que le rodeaba. ¿Quién dijo que con las mujeres no se debe ser galante, caballero? ¿No es bonito ceder la silla a una mujer, sujetarles la puerta al pasar, cederles el paso?
La culpa de todo la tienen las falsas feministas, esas burdas intentonas de simulacro de luchadora por los derechos. Esas que no saben nada, que no piensan y que cumplen con los chistes machistas (son las torpes que no entienden nada de nada). Las mujeres y los hombres son iguales, vale; pero ellas no comprenden que son lo más maravilloso que hay (menos las "feministas-machistas"), y que por eso lo hacemos y estamos orgullosos de ello, como lo haríamos por un anciano o un niño o un adulto o un semejante cualquiera. Yo también lo habría hecho. Enhorabuena al caballero, porque aunque él no pudo ver esa sonrisa, yo la recogí para el mundo, para la “visión popular”; y os aseguro a todos que por esa sonrisa muchos morirían, que por volver a hacer a aquella joven sonreír muchos matarían. Aunque “esas” no quieran, lo siento, seguiré siendo caballero aunque les fastidie. Lo seré mientras quede una sola mujer capaz de sonreír así después de haberle cedido el paso, el asiento, la puerta, la palabra…









