14 noviembre, 2020

Hasta la próxima, querida hometown

Sí, he metido un palabro en "castellano antiguo", como llamaba al idioma anglosajón un antiguo profesor. No os preocupéis, poseedores del A1 o inferior (que no quiere decir que yo tenga mucho más, pero vamos, que sí), pondré por aquí la traducción para que la podáis entender.

Hometown: "the city or town where one was born or grew up" (pronúnciese "jomchaun"), donde city y town son ciudad, where es donde, was born es nació y grew up es creció, y ahora que todos hablamos el mismo idioma, adelante con el post.

Pues eso, que igual que el pasado 1 de marzo abandonamos la vieja Obulco sin saber que no podríamos volver hasta más de 3 meses después (el 14 se declaró el estado de alarma que nos imposibilitaba ir a segundas residencias, y aunque al principio tras no pasar Granada de fase, parecía que no podríamos volver hasta el 3 de julio, el 8 de junio salimos pitando cuando de repente se adelantó todo, pasamos de fase y se nos autorizó a volver), esta semana dejamos de nuevo la vieja Obulco para no se sabe cuánto tiempo.

El tema es que estamos de nuevo en confinamiento cuarentenil pero por suerte aún no domiciliario, sino perimetral, lo que significa que no puedes salir de tu municipio, pero al menos sí puedes irte un rato a la calle, que se agradece. Eso implica que desde el momento en el que ayer salimos del municipio de segunda residencia, mi "hometown", ya no podemos regresar a saber hasta cuándo, en el momento en que deje de existir este confinamiento perimetral que ya lleva 2 semanas y amenaza con no terminar hasta pasado ya 2020.

Aquella vez no había ese sentimiento que ahora hay, el de dejar algo para mucho tiempo, algo a donde no sabes si podrás regresar, o si incluso al volver tu casa ya habrá dejado de serlo, como le pasó a tantas personas que sufrieron la guerra, la emigración o el ostracismo. Un buen día te vas para siempre, para no volver, o para mucho tiempo, dejando tantas cosas atrás, como mi Isidoro, mis Mortadelos o un bote casi entero de Nesquik, dejando atrás mi canasta y pianillo, mis sábanas de pelo y la secadora, que con tantos apuros seca, dejando atrás por supuesto la cruz, el torreón e incluso a todos mis muertos de los últimos ciento y pico años, que no podrán disfrutar ya del aceite verde del año pasado y algunos mantecados de limón recién comprados, que esperarán a una mejor ocasión.

 

Y así, pienso en qué me encontraré al volver, y sobre todo en cuándo, y en qué circunstancias nos encontraremos, que a veces son tan tremendas como las de un marinero que se fue lejísimos y al volver descubrió que era padre, pero que su casa ya no existía siquiera, que su padre había muerto y que tantos y tantos habían emigrado para siempre. Un futuro distópico pero real, impensable entonces pero que se había hecho realidad en tantos y tantos casos.

Y así, pienso un poco de aquella manera como cuando dije que pulsaría un botón para quedarme ahí, porque madrecita que me quede como estoy, que todo puede ir a peor, no lo sé, esperemos que el día que vuelva, querida "hometown", todo esté igual o mejor, que es imposible, pero así de tontos somos, esperando que las cosas sean como las queremos, y no como realmente son, fueron y serán, siempre mágicamente diferente a lo querido.

Me despido así, como digo, echando un vistazo atrás a tu silueta recortada en lo alto del cerro, cambiante durante milenios, pero reconocible desde hace cientos de años. Me voy para otras tierras, para una nueva "hometown" compartida desde hace tiempo, a ver qué nuevas aventuras me esperan allí, y quizá pronto, cuando volvamos a vernos, lo celebremos con lo que toque entonces, ya sean los mantecados, el roscón, los toricos de azúcar, los pestiños o un buen helado de tuttifrutti, quién sabe...

Hasta la próxima, querida hometown.

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