Anécdotas y curiosidades algarveñas
Hoy vamos con un resumen rápido y sin demasiado detalle de nuestro puente en aquello que llaman Algarve portugués y no es más que una continuación de Andalucía, aunque ni por asomo el carácter de los lugareños se parezca a la de sus menos desaboridos vecinos onubenses.
Todo comenzó con la primera alerta del coche, típica de los viajes largos que algún día nos dejará tirados, todo eso camino de Almonte, donde volvimos a ver a la Virgen 14 años después, como en aquel otro primer viaje a Huelva, aprovechando esta vez para visitar el Rocío, en una visita inédita a la mastodóntica aldea de estilo western americano, llena de gente, arena de playa, soletazo y huérfana de su pastorcilla divina, en la que compramos un décimo de lotería que nos hará ricos en un par de meses.
Después, parada rápida para echar gasolina y evitar repostar en ningún momento en la 20 céntimos más cara Portugal, y llegada final al hotel con dos habitaciones en una, y cocina y terraza y todos sus complementos de cuatro estrellas, aún con el móvil dudando su tenía la APN correcta o no. Los peajes parece ser que desde 2025 los han quitado en la zona, tranquilidad total para viajar por sus estupendas autovías.
Más tarde, salida rápida al Algar Seco y sus desfiladeros y acantilados, evitando caernos al mar y disfrutando de una magnífica puesta de sol. Pasamos de la famosa cueva Boneca porque estaba con una cola impresionante, y tras cenar y tocar la cálida agua de la playa por la noche, nos dirigimos a dormir, siempre siguiendo escrupulosamente el horario español, que en Portugal es lo mejor.
Ojos de la Cueva Boneca mirando hacia el mar
Por la mañana ruta por el oeste con Sagres y su cabo del fin del mundo en San Vicente, con bastante aire pero nada de frío, al lado de la terrible dorsal que cada varios siglos emite un terrible terremoto que destruye la península, y que quede mucho para el siguiente. Paseo por Lagos recogiendo chapas en las zonas de litronas, comida y paseo largo por los acantilados de la Ponta da Piedade y sus intrincadas cuevas y agujeros caprichosos en la roca, y final en Portimao con su enorme playa y sus calles llenas de bares y pubs elegantes llenitos de extranjeros. La cena, en el pequeño Ferragudo, con los otros clientes impresionados por el tamaño de nuestros platos, la torrada, la francesinha y la tortilla en un kiosco de tres al cuarto que merecería 10 estrellas. Para acabar el día, un helaíllo en Carvoeiro.
A la mañana siguiente, tercer intento en la cueva Boneca que esta vez estaba completamente vacía en un día laborable allí, nacional de España en nuestro país, sacando unas fotos en esa ventana al mar que realmente no es para tanto. Luego un intento de ver cuevas en Benagil entre la vorágine de turistas, visitantes y trabajadores preparando las barcas y lanchas. Después el parque temático de las esculturas de arena en el "Sand City", y paseo por la pintoresca Silves, degustando después una cataplana en un bar típico portugués y más tarde disfrutando de una siesta antes de pasar por Faro y Albufeira, esa estridente Las Vegas secuestrada por miles de guiris, con cientos de restaurantes, tiendas de souvenirs y luminosos al estilo americano, donde cenar multiplica por dos cualquier estimación de precio normal, y los relaciones públicas se lanzan como buitres encima de uno.
Puente romano de Tavira
El día de vuelta, paso por más pueblos pesqueros y llegada a Andalucía para comer en un bar de polígono con reseñas pluri-estrelladas y un dueño más preocupado por recibir visitantes de "Lulel" que otra cosa. Jugar y jugar a las matrículas y al Scattergories y descanso merecido tras tres días de relax en el Algarve, mucho menos frenéticos de lo habitual en nuestras vacaciones.





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